viernes, 6 de noviembre de 2009

----EL BUEN ALBERTO SALAS HABLA SOBRE JUAN PABLO MEJÍA!!!

Seguimos cosechando éxitos. Esta vez tenemos un acertado comentario acerca de nuestra última publicación: "Balada de la piedra que canta" del poeta limeño Juan Pablo Mejía. Muchas gracias Alberto por tus comentarios y ya lo saben, pueden adquirir el poemario de Juan Pablo en la Libería Flores, sótano del Centro Comercial Panorámico en la 2da cuadra de la calle Mercaderes (Arequipa), qué delicioso, verdad?

En torno a “Balada de la piedra que canta” de Juan Pablo Mejía


Mi lectura del poemario, se vincula al ámbito del deseo y lo que es el deseo a través de la palabra escrita y el sentido del texto. Empezaré desde el título del poemario “Balada”: es una composición poética donde se refieren melódicamente hechos pasados. Así, estaríamos frente a una poética de “lo pasado”, es decir de la ausencia y ante una suerte de conjuro para hacer presente lo perdido a través del lenguaje. Sin embargo, no se trata de una poesía que se solaza dentro sus propias sombras o acude sumisamente al placer catártico, “Balada de la piedra que canta” vuelve constantemente sobre la opacidad de su propio decir frente a lo perdido, es trágicamente consciente de esa pérdida y de la ausencia que no es sino la misma posibilidad de sus palabras. Un desgarramiento al que todos hemos asistido y que todos podemos compartir.

Esto es sensible dentro de muchos de sus versos como en “Fragmentos para contemplar tus manos hechas de cabellos que protegen al mundo”, en este poema el último verso es dilucidador sobre este sentimiento de ausencia que se sabe y asume.

“Me han robado las formas primarias del lenguaje. El grito de las palabras se ha convertido en un juego amoroso”.

Esta misma ausencia también se dibuja a través de una diferenciación entre lo vivo y lo muerto, lo natural frente al lenguaje que es su forma ausente. Sino veamos algunos versos de “Canto a Auriel”

“…los pájaros silvestres
que abatidos por la fe
se dicen oraciones al oído
mientras se precipitan a tierra…

Ahora danzan en cada palabra que escribo.
Pero sus voces ya no se oyen, Auriel
No llaman más a mi puerta”

El destinatario del texto o a lo que el texto se refiere, escapa al lenguaje mismo o a las redes de su significación, y así el texto de convierte en un “juego amoroso” movido por el deseo o convertido -él mismo- en la forma del deseo que se mueve hacia lo inasible: el Otro. Sin embargo, es el canto, la balada o el poema, el único vínculo que ante la ausencia llama a la evocación de lo deseado, lo que paradójicamente “olvida” al convertirse en palabra. Sino sólo escuchemos el poema “Confesión”

“Dispuesto a habitarte
Como el tiempo en las casas antiguas

Iba a quemarme los ojos
Limpiando tu densa mirada.

Ahora en cambio
Vengo a entregarte mi boca sedienta
Unas cuantas negras palabras
Y este canto de olvido.”

Pero es el canto lo que hace posible el amor, es decir, el movimiento del lenguaje y el deseo que sólo puede manifestarse a través de él, se trata de una relación co-inmanente entre ellos, la cual se evidencia -aún más- en estos versos que son el pináculo de la liturgia mágica en el poema “Canto Primero”.

“Tu voz: la flama que enciende
La rosa desnuda de la carne.
Mi canto: el corazón fálico de dios
Que cubre el metal de tus manos
Con culpa y deseo”

Es el yo poético -la piedra que canta- quien tiene el canto y la virtud de realizarlo, canto o balada que no es sino el “corazón fálico de dios”, es decir el significante del deseo ajeno, de Otro que no lo posee pero que sin embargo lo es o lo encarna –en un sentido lacaniano- y éste último, estaría representado por la voz que “enciende la rosa desnuda de la carne”.

Sería atractivo vincular estos versos con el epígrafe del poemario “Allí donde se aviva y vuelve a contornearse, la obscena rosa del poema” de Saint-John Perse. La pregunta sería dónde es ese Allí ¿En el canto o en la voz? La voz es la presencia, también lo que el Otro llega a significar para el cantor, para el yo- poético a quien podemos identificar con “la piedra que canta”. Sería entonces el poema donde esta rosa es ella misma lo deseable y donde el cantor posee aquello que lo hace tal, su canto. Y así, en el poema habitaría la voz como reminiscencia o evocación de su pérdida y el canto como nueva sustancia de lo que ya no está presente. No se trataría sólo de la voz o el canto, sino de la voz en el canto.

Entonces, el movimiento del deseo a través de “Balada de la Piedra que canta” es concebido como algo posible y no sólo infructuoso -como anotásemos anteriormente- frente a la conciencia de que lo deseado está ausente. El Otro es conjurado a través de las palabras hasta encarnar “la obscena rosa del poema” y el cantor se convierte en quien la tiene consigo, ante sí y con él. Este sería un “movimiento erótico” en el sentido del amor como movimiento hacia el Otro (eros).

Y el cuestionamiento acerca de la imposibilidad o posibilidad de este movimiento erótico a través de una escritura literaria, de lo infructuoso frente a la oportunidad de decir o desear libremente dentro del texto y también a través de él; se plantea lúcidamente al interior de “Cómo contemplar un poema sin olvidar a una mujer”. Veamos algunos de sus versos:

“pero del campo no se conoce sino que es de flores

Y si escribo rosa
No digo sino un mítico conjuro de palabras
Que al proyectarse sobre la esponja de mi mente
Reproducen una imagen”

Y también:

“Así, el amor es también la visión
De dos cuerpos en armonía
O un concierto de flores y de pájaros
Que con el ritmo de su coito
Configuran la dirección de los rayos del sol
Hacia la síntesis de los cuerpos
En un solo signo erótico”

Podemos apreciar, a través de la primera cita, que el yo-poético se muestra consciente del juego o conjuro que las palabras le permiten y de la ausencia de la flor al decir “rosa”. También que este poder de la palabra, su conjuro, tendría un carácter “mítico” en cuanto evocativo: “al proyectarse sobre la esponja de mi mente reproducen una imagen”. Sin embargo, en la segunda cita se dice que el amor también es “una visión de dos cuerpos en armonía… hacia la síntesis en un solo signo erótico”. Así, tanto el conjuro del lenguaje escrito como el de los cuerpos y la naturaleza (flores y pájaros), son la visión de un lenguaje que busca su completitud y por ello tiende necesariamente hacia el otro. El poema entonces, nos tiende la mano o extiende el cuerpo que las palabras conjuran.

De este modo, más allá de la “escritura mítica” operadora del conjuro poético, hay otra escritura más, que lleva la marca de lo que existe o existió, la cual se actualiza en todo aquel que lea el poema o “escuche” la balada. Hay una escritura que confunde y pierde su “origen” como la arena entre los dedos; y otra, que lleva el testimonio de lo ausente, una huella que carga la inquebrantable fuerza de lo que es. La voz en el canto.

“Pero decir que el cuerpo de una mujer,
Que guarda las ocultas formas de la naturaleza
Posee la voraz geometría de lo bello,
Es una realidad inexpugnable”.

De esta forma, “Balada de la piedra que canta”, llega a nosotros como texto y también como huella. Algo que por ser lenguaje carece de aquello que añora y ha perdido; pero que sólo por ser lenguaje, guarda la esperanza de una comunión a través de él, de la completitud del signo que forma el cantor y significa en quien lo lee -por fin- lo único que el lenguaje siempre querrá decir, y que no es sino nuestros “vínculos”. Pues es el lenguaje literario y su balada -donde todo parece estar ausente- el lugar privilegiado en el que todos podremos descubrirnos cómplices de lo humano que nos conforma; y a su vez, de la profunda soledad que compartimos, también como una huella en nuestras almas.



Alberto J. Salas Oblitas